Cómo evaluar la vulnerabilidad al fraude alimentario y convertirla en decisiones de control

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Roberto Ortuño

01 Oct 2026

Identificar posibles adulteraciones es el primer paso, pero la prevención solo resulta eficaz cuando la evaluación se traduce en decisiones sobre proveedores, materias primas y controles. Un plan útil debe priorizar los riesgos y actualizarse cuando cambian las condiciones de suministro.

Las empresas alimentarias cuentan con procedimientos para controlar la calidad y la seguridad de las materias primas que compran. Sin embargo, el fraude introduce una dificultad particular: la alteración del producto o de su información puede ser intencionada y estar diseñada para superar los controles habituales.

Por ello, prevenirlo requiere evaluar dónde existe mayor vulnerabilidad. El proceso comienza con la identificación de las posibles amenazas, continúa con su valoración y desemboca en medidas de mitigación y control. La vigilancia posterior permite detectar cambios y revisar las decisiones tomadas.

Identificar las amenazas que afectan a cada materia prima

El punto de partida es preguntarse qué tipo de fraude podría afectar a cada producto: sustitución por otro de menor valor, dilución, adición no declarada, falsificación de documentos o declaraciones incorrectas sobre origen y características, entre otras posibilidades.

Para responder, hay que combinar información externa e interna. Las alertas, las comunicaciones de las autoridades, los informes sectoriales y la literatura científica ayudan a conocer incidentes y prácticas detectadas. Dentro de la empresa, las reclamaciones, los resultados analíticos y las incidencias con proveedores también pueden revelar puntos débiles.

Esta revisión debe centrarse en las materias primas y las cadenas de suministro concretas de la empresa. Una lista general de fraudes conocidos sirve de orientación, pero no sustituye el análisis de aquello que realmente se compra y utiliza.

 

Valorar oportunidad, motivación y capacidad de control

Una vez identificadas las amenazas, es necesario priorizarlas. Para ello, pueden examinarse tres cuestiones.

La primera es la oportunidad: hasta qué punto resulta posible adulterar una materia prima o falsear su información sin que sea evidente. Las cadenas largas, una trazabilidad débil o los productos cuya autenticidad es difícil de comprobar pueden aumentar esa oportunidad.

La segunda es la motivación económica. La escasez, las variaciones de precio y el valor del producto pueden hacer más rentable una sustitución o adulteración.

La tercera es la capacidad de control. Hay que valorar si las medidas documentales y analíticas disponibles permitirían detectar la alteración que se está considerando. Un certificado o un análisis solo aportan protección si verifican el aspecto adecuado y sus resultados se interpretan en el contexto del producto.

También conviene tener en cuenta el impacto potencial. Además de las posibles consecuencias para la salud, un incidente puede generar retiradas, incumplimientos y daños reputacionales. Incorporar este impacto a la evaluación ayuda a concentrar los recursos donde las consecuencias serían más relevantes.

 

Pasar de la evaluación a las medidas de prevención

La utilidad de la evaluación se comprueba en las decisiones que permite tomar. Según el nivel de vulnerabilidad, la empresa puede precisar mejor las especificaciones de compra, solicitar evidencias adicionales de autenticidad, revisar la homologación del proveedor o programar una auditoría.

Los controles analíticos deben seleccionarse en función del fraude que se quiere detectar y de las características de la materia prima. En ocasiones será necesario combinar distintos análisis con la revisión documental y la trazabilidad para obtener una visión suficientemente sólida.

La prevención también implica al departamento de compras. Una decisión sobre el origen o el proveedor puede modificar la exposición al fraude; por ello, los criterios establecidos por calidad y seguridad alimentaria deben formar parte del proceso de selección y seguimiento de proveedores.

 

Cuándo revisar el plan

El mapa de vulnerabilidades debe actualizarse cuando cambian las condiciones que sirvieron para elaborarlo. La incorporación de una nueva materia prima o un nuevo proveedor, un cambio de origen, una escasez de producto, una variación importante de precios o la aparición de alertas relacionadas son motivos para revisar la evaluación.

Además de responder a estos cambios, resulta útil establecer revisiones periódicas y mantener una vigilancia sobre nuevas amenazas. De este modo, el plan puede adaptarse antes de que una vulnerabilidad se convierta en una incidencia.

Gestionar el fraude alimentario va más allá de completar una evaluación. El resultado debe ayudar a decidir qué comprar, a quién comprar, qué verificar y con qué frecuencia hacerlo. Cuando esas decisiones se apoyan en información actualizada y se revisan conforme evoluciona el mercado, la prevención se integra en la gestión cotidiana de la empresa

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Roberto Ortuño

Responsable de Seguridad y Calidad Alimentaria

Responsable de Seguridad y Calidad Alimentaria en AINIA Centro Tecnológico. Ingeniero Agrónomo. Vicepresidente de la Sociedad Española de Seguridad y Calidad Alimentarias.

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